titulos tiempodemarionetas

Tiempo de marionetas es el que viven las actuales criaturas de Rafael Martín. En ellas reaparece el cuerpo humano entero, con un nuevo rostro y en un material poco habitual: "Papier Maché". Semejan un colorido collage posmoderno, un happening estable, producido con exhaustiva dedicación, esmerada artesanía y la solidez material de todas sus piezas. Algún antecedente tienen en figuras de su etapa norteamericana, altas (3,50m), espigadas y casi clavadas en el piso.

El péndulo vuelve al paisaje urbano, para entregarnos obras que retratan oficios de pícaros de dudosa moralidad. Irrumpen presentados otra vez por títulos festivos. Recuerdan al adolescente dibujante de comics, que es una pirueta iconoclasta, aleja sus manos materias y formas nobles, propias de su profesionalidad consistente, para fabricar frágiles personajes de una historieta tridimensional. Reflejan una estética compatible con el buen humor y el espíritu lúdico,  cuyos objetos responden a las convicciones del autor: " En el arte siempre está presente el juego".

La escultura rinde humilde homenaje a la marioneta. Amasa el papel desechable que rompre el niño y los titiriteros que hacen juegos para niños, y sepulta en pasta blanda las noticias que mueren con el día, para forjar un Golem perdurable. Un insensible muñeco ingobernable que articule mensajes para hombres olvidados de las ilusiones de la infancia . La paradoja del arte se refugia en figuras frágiles, que se construyen y disuelven desde el agua, pero que nacen tras horas de paciente alumbramiento de rellenar, secar, pulir, modelar, fijar, imprimir y esmaltar, para reiterar un parlamento escuchado ya, bajo otras formas, con otros personajes y otros decorados.

El vendedor de ilusiones es la clave de esta serie. Su paradigmática presencia simboliza un oficio que alberga todas las segundas intenciones de esta callejera galería móvil. La pieza exige imaginarse un público enfrentado al personaje. Un público crédulo, uniforme, de múltiples cabezas estiradas, ávido por lo rídiculo, por las carcajadas a coro y la ovación. Estamos en el mundo de las representaciones, donde todas las analogías y las más descabelladas metáforas sobre la condición humana tienen asidero, un horizonte estético habitado por el creador de estas sorpresivas formas y del activo espectador que las fecunda. Las destrezas de un eximio realizador llegan a la materia y a la forma necesaria, para escribir con economía de recursos, verdades fuertes, de hondura tragicómica, fundadadas en multidisciplinaria observación de un presente rico en contrastes y disparates. 

El gran hablador, de título directo, reforzado por una mandíbula de un "bocón" incontinente que lo vuelve equidistante, tanto del secreto que protege la intimidad del sujeto, como de los deplorables silencios y veladuras de la palabra. En Hombre tratando de buscar el equilibro se repite el libro como soporte de los personajes . La babélica metáfora bíblica  está construída por una analogía visual contundente. Muestra el literal esfuerzo del hombre de nuestros días, que sobrevive vacilante, basculando sobre verdades de libros perimidos, por las que pone su vida en peligro mortal.

A la galería de personajes como el titiritero, el orador, el profesor y el equilibrista, se pueden sumar El cazador de nubes, Rapiña en velocidad, y Sólo puedo mirar atrás.

En la actual etapa, Martín acentúa su sensibilidad original. Su obra, que no respondió nunca a modos o escuelas, tampoco se deja tentar por la repetición de sus propios aciertos. Asistimos a un espectacular salto por sobre sus etapas precedentes y por sobre objetos que a menudo dominan  los mercados del arte. Con serena audacia, con depurada convicción siente la necesidad y evidencia la seguridad de ser cada vez más fiel a sus ideas. Sin temor al ojo crítico, con desdén o prescindencia del consenso por acostrumbramiento, se esfuerza con entera libertad por decir con mayor claridad y simpleza lo que piensa y siente atento a los tiempos nuevos que nos habitan . Insiste sobre el espectador en la identidad del acto creativo, que hace brotar el arte del dolor y del goce para perturbar con la honda congoja o el intenso éxtasis.

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